Bienvenido. Hace tiempo empecé a escribir una novela. Aquí está, aunque últimamente la tengo algo olvidada.

Quizás te interese más mi blog de viajes

Last update: November 25th 2009, 0:12:13

Leer desde el principio

VI

Ayame emerge del agua, desorientada. Con la mano cubierta por el guante de grueso neopreno retira la máscara y el regulador de aire. Traga agua, escupe, y tose.

-¿Todo bien?- Pregunta H, ayudándola a subir a tierra firme.

-Sí, creo. Solo he tragado un poco de agua. Pero... ¿No íbamos a encontrarnos con un banco de delfines?- Ayame hinca la rodilla en el hielo y se escurre el agua de encima.

-¿Seguro que estás bien? Es de suponer, ya que de lo contrario no estarías preocupándote por los delfines, pero me temo que te has vuelto a dejar engañar.- dice mientras se quita las aletas soltando unas hebillas situadas junto a sus tobillos- Me temo que se nos acabó el presupuesto en contratar al sol para que nos acompañara durante nuestro viaje por el hielo, así que no me alcanzó para los delfines. ¿No has tenido suficiente con ese banco de peces? Nos ha servido igual. Y hace mucho que no veía uno tan grande.- H suelta el velcro de su chaleco hidrostático, pasa los brazos por los agujeros de las mangas y deja la botella de aire, ya casi vacía, en el hielo.

-Sí, no estaba mal. Aunque oía sonidos extraños, y ahí abajo no se sabe de dónde vienen los ruidos.- Ayame trata de quitarse las aletas, sin mucha soltura. H la ayuda a quitarse de encima la botella de aire.

-Creo que esos sonidos eran las ballenas. Los peces que hemos visto eran lindos y silenciosos, es increíble lo pacíficos que pueden llegar a ser. Puedes nadar entre ellos sin que se asusten. - H suelta la correa de su cinturón de plomos, dejándolo suavemente en el suelo.

-Bien. Genial. Entonces, otra vez: ¿Dónde está el equipo de rescate? ¿Vamos a ir andando hasta Moscú?- Ayame hace ademán de ponerse en pie pero H la detiene.

-No hay equipo de rescate, unidad de traición.- Dice H bruscamente. Con un tirón extrae del saco dos enormes y finas sábanas blancas de su saco y tira una de ellas a Ayame mientras se enrolla la otra alrededor- Cúbrete con esto, te secará y te mantendrá caliente, está hecho de nanotextiles.- dice.

-¡Oh! Conozco estas cosas, simplemente se amoldan a tu cuerpo.- Ayame acaricia la tela con su cara, notando su suavidad.

-Bien, solo cúbrete con ellas. Y mantén un perfil bajo. No deben vernos. Te lo explicaré más tarde.- H se agacha- Esperaremos a nuestros guías para continuar el viaje con ellos.

-Me encanta viajar, solo que éste no es mi destino favorito... - Dice Ayame mientras se arrebuja en una bola de suave tela blanca.

-No te preocupes, Moscú nos está esperando.- H trata de sacar a relucir una sonrisa de oreja a oreja, pero se queda en una falaz mueca. El frío y sus preocupaciones endurecen los músculos de su cara.

-Ha sido buena idea traer mantas, si tenemos que esperar. Hace mucho frío.- Dice Ayame, oculta bajo una bola blanca que no parece tener aperturas ni imperfecciones.

-Hemos tenido suerte, no hay ventisca. Aún así, sin ellas no veríamos otro amanecer. Conservan el calor muy bien y nos las podemos poner encima de los trajes.- H hace un doble con la tela para poder dejar los ojos fuera. Rueda sobre sí mismo y escudriña el horizonte entrecerrando los ojos. Nunca ha visto el cielo del ártico tan claro, ni el aire tan cristalino. No sopla ni una gota de aire. Llena su puño de polvo de nieve y la estruja hasta comprimirla en un pequeño bloque de hielo, que deja caer.

-Bueno, por lo menos no necesitamos un sintonizador climático.- Dice la crisálida de tela blanca.

-No.- Responde H, mirando la lejanía- Supongo que tendremos que conformarnos con las mantas. Apenas tienen espectro infrarrojo y están hechas de una estructura molecular elástica, que absorbe la vibración molecular. Aíslan de verdad. Y deja de preocuparte, ahora dependemos de nuestros guías, gente de confianza.

-¿Guías? Pero, ¿No sabes orientarte, como lo has hecho bajo el agua?- La bola de tela se mueve inquieta.

-Sí, puedo hacerlo, pero hemos cruzado la frontera de sensibilidad de los sensores transcontinentales. Si fuéramos a pie nos detectarían, nos cogerían al llegar, o... cuando quisieran, estaríamos a su merced. Vamos a encontraros con unos científicos que nos ayudarán a llegar a Moscú. Están haciendo unas investigaciones por aquí. Son aragoneses. Te caerán bien.

-Científicos aventureros. Ya. Y qué más... ¿De dónde has dicho que son?- El ovillo de tela rueda hasta golpearse con él.

-Aragoneses. De Iberia, lo que era antes España.- Dice H sujetando la forma de tela.

-Es cierto, antes Europa estaba dividida en países. Siempre me resultó curioso que finalmente los europeos consiguieran unirse...-

-...bajo una misma bandera.- H termina la frase que Ayame había comenzado.

-Yo es que no soy muy de banderas, no me refería a eso.- La tela reparte la voz por toda su superficie. Ayame, totalmente envuelta en la manta blanca, se separa de H.

-¿Cómo así?- H deja de enfocar al horizonte para mirarla, pero en el rebullo de nanotextil no se dibuja expresión alguna.

-No entiendo esas ideas, lo que representan, creo que simplemente no las siento. No sé. Puede que sea porque siempre me ha parecido algo del pasado.- La voz sale distorsionada de la tela.

-¿Es por eso por lo que huyes de tu país?- Pregunta H volviendo a colocar su mirada en el horizonte.

-No es mi país. Aunque reconozco que algún día creí que podía serlo. Mi familia es de Japón, pero ya sabes cómo están las cosas allí. Mis padres huyeron a Rusia antes de que comenzara el bloqueo económico.

-¿Qué edad tenías entonces?

-Cinco años.

-Vaya. Y... ¿Nunca has deseado volver?- H contempla las montañas. Parecen elegantes gigantes dormidos, totalmente blancos. La luz del amanecer hace a las escarpadas cumbres arrojar afiladas sombras sobre las lomas, más suaves, a menor altitud.

-Bueno, quizás cuando se calmen las cosas. Ahora tendría bastantes problemas si llegara a dejarme ver por allí. Creo que me estoy empezando a hacer famosa o algo así. Y tú, ¿De dónde eres, si se puede saber?

-Americano.- H observa como el hielo a su alrededor brilla de color azul, como si estuviera viendo el océano bajo una capa de nieve traslúcida.

-Vaya, debería haberlo supuesto. John, el soldadito americano.

-Para servirla a usted, pero debes saber que no soy exactamente un soldadito.- H puede ver la nieve retroceder en la montaña, formando calvas como dibujos a lápiz sobre el papel.

-Bueno, pero eres algo parecido, o lo fuiste. Os admiro. A los americanos, quiero decir. Capaces de ganar dos guerras mundiales, soportar dos guerras civiles, y recomponeros.

-No me hables de ese modo, sabes que ya no somos lo que fuimos. Mira, allí tienes a tu equipo de rescate.- Dos figuras embutidas en trajes rojos se dejan ver mientras caminan, a lo lejos.

-¡Eh! - grita una de las figuras.

-¡Callad!- H pone el dedo índice sobre sus labios, tumbado en el suelo como está, tratando de evitar que los recién llegados atraigan la atención de los sensores, aunque seguramente desde esa distancia no puedan verle. Las figuras de rojo se aproximan. Llevan gafas que parecen proteger sus ojos de los rayos solares y telas enrolladas que les cubren de la cabeza a los pies. Parecen ir ligeros de equipaje.

-Harry.- Dice H, tendiendo su mano.

-Ramiro, ¿Todo bien? Vamos a llevaros a casa. O al menos a algún sitio más hospitalario que esto...- Dice una de las figuras en rojo, mientras toma la mano de H para estrecharla.

-¿No has dicho que te llamabas John?- La bola de tela eclosiona y de ella sale Ayame, indignada.

-John Doe. Llámame como quieras. Por cierto, ésta es Ayame.- Dice H, presentando a su compañera ruso-japonesa.

-Ah, el soldadito americano, ya entiendo. Dime, Don John Doe, ¿Cómo van a ayudarnos estos señores a salir de éste páramo helado?- Mientras H y Ayame hablan, las figuras de rojo preparan una docena de correas de un metro de largo cada una, enganchándolas en unas piezas de plástico para que puedan deslizar.

-Nuestros mayores problemas ahora mismo son la vigilancia aeroespacial, y los sensores de presión de área extensa, los sensores transcontinentales.- dice H cogiendo una manta roja que una figura de rojo ha dejado en el suelo- Como supongo que sabrás, desde que se demostró el Principio de la Traza es teóricamente posible hacer sistemas de detección personal de alcance continental. Bien, pues eso es precisamente lo que tienen los rusos.

-Sí, la llamábamos la “Teoría del Vuelo de la Mariposa”. En nuestro laboratorio hicimos una demostración algebraica del teorema de los infinitos subespacios. Vale, así que pueden vernos, pueden sentirnos, y probablemente hasta puedan olernos. ¿Cuál es el plan?

-La resolución del sistema está limitada por la distribución del sistema sensorial y su capacidad de cálculo.- Continúa H recitando de carrerilla- Principalmente por esto último ya que gracias al Principio de la Traza la resolución de los sensores es realmente asombrosa. Elegimos este momento para hacer el rescate porque los rusos han desviado su potencial de cálculo a la frontera suroeste. Nuestra ocasión es ésta. El sistema será incapaz de distinguir entre dos figuras de diferentes tamaños.

-¿Qué quieres decir? - Ayame se había perdido en la última frase que H había dicho.

-Vamos a fundirnos con estos hombres de rojo.- Dijo H.